Jose
Luis, el tabernero, ha muerto
“Soy corregible hasta en el morir”
Carmen
Duerto
El hombre que fue toda una institución en el mundo del “catering” ha muerto en su casa de Madrid a los 84 años de edad el jueves 23 de mayo. Jose Luis, como se le conocía, se inició con el almuerzo de un bautizo en 1956 y en los 12 restaurantes que tuvo se llegaron a dar de comer a 3.000 personas al día. José Luis Ruiz Solaguren solamente contrataba a sus parientes, para sus empresas, si tenían carrera y dos idiomas. Se codeaba con el Rey, pero antes con Franco y dejó de vivir en un gran chalé de lujo para irse a un piso de 100 m2 pegado al estadio Bernabeu de Madrid.
El hombre que fue toda una institución en el mundo del “catering” ha muerto en su casa de Madrid a los 84 años de edad el jueves 23 de mayo. Jose Luis, como se le conocía, se inició con el almuerzo de un bautizo en 1956 y en los 12 restaurantes que tuvo se llegaron a dar de comer a 3.000 personas al día. José Luis Ruiz Solaguren solamente contrataba a sus parientes, para sus empresas, si tenían carrera y dos idiomas. Se codeaba con el Rey, pero antes con Franco y dejó de vivir en un gran chalé de lujo para irse a un piso de 100 m2 pegado al estadio Bernabeu de Madrid.
José
Luis comenzó a trabajar a los 13 años "por una peseta como limpiabotas en
un bar de Bilbao". En la tarjeta de visita de este empresario de
Amorebieta (Vizcaya), podría poner desde presidente del grupo de empresas que
poseía, Medalla del Trabajo o Alcalde Honorífico de Valladolid. Sin embargo, se
leía: "Tabernero". Era tremendamente coqueto, si un día comía más de lo debido, al
siguiente hacía dieta. Vestía corbata y traje azul oscuro cortado a medida,
elegante pero discreto. Cuando el Rey le veía en una audiencia, enseguida le
hacía una seña para que se acercase "porque se apoya en mi hombro durante
unos minutos y en ese tiempo descansa su cuerpo. Le sirve para tomar de nuevo
fuerzas". Lo que ocurría, después del reposo real, es que todos los
conocidos que no le habían saludado se acercaban como locos a él. En ese
momento, José
Luis Ruiz del Portal Solaguren, siempre en un segundo plano, se hacía
visible.
Se
quitó el distinguido apellido compuesto para que también figurase el de su
madre por la grandísima admiración que la tenía. Fue cura antes que fraile, con
un olfato muy fino para su negocio y una debilidad: aunque respetaba al máximo
a su esposa ("sin ella no soy nada"), se le iba la vista detrás de
las mujeres guapas. Su vida ha sido un retrato de España… por el estómago: los
padres de la Constitución, mientras redactaban la Carta Magna, se alimentaron
de su pescado y verduras; a La Pasionaria la recuerdaba "como a una señora
del norte que comía muy bien cuando podía"; Suárez era "de poco
apetito, pero tomaba mucho café y fumaba en exceso", y así todo "el
quién es quién" de este país pasó por sus platos. Esta es la entrevista
que le hice en 2006, para el suplemento “Magazine” del diario El Mundo, cuando
Joseé Luis tenía 77 años y estaba muy centrado en su última ilusión su propia
bodega.
P. ¿Es un hombre generoso?
R. Mi aita era muy generoso y no he querido
parecerme a él porque yo debo mucho dinero. Mi padre tuvo deudas, pero no de la
dimensión de las mías. No puedes pedir dinero al banco para comprarte un yate o
un Rolls Royce: eso lo hace un tonto, porque si vas al banco a pedir para eso,
significa que no tienes tanto. Lo que pides es para ampliar el negocio… Desde
que le debo mil millones al banco me encuentro más seguro y tranquilo.
P. Y yo que creía que usted era de
comprar al contado, a la antigua usanza.
R. Eso lo hacía hace muchos años, pero desde que
aprendí la otra fórmula he ganado más dinero.
P. Según el protocolo familiar, en su
empresa sólo pueden trabajar los parientes que tengan una carrera universitaria
y dos idiomas. ¿Se lo copió a Tomás Pascual, otro empresario autodidacta?
R. Bueno, digamos que me gustó cuando lo leí. Tengo
cinco hijos ya acoplados que pueden ser más o menos brillantes, pero mis nietos
ya no sé cómo serán. Una de mis nietas dice que quiere ser abogado del Estado,
y yo la animo mucho; sí, eso, tú abogado del Estado, así pagaremos menos
impuestos.
P. ¿Alguno de sus hijos es como usted?
R. Son mejores que yo… Abrí negocios en América y
viajaba allí con frecuencia. Cuando llegó la hora del relevo, ellos me dijeron
que debíamos dejarlos porque habían aprendido otros caminos más cómodos y
rentables; "no te vamos a apoyar en lo de América", me dijeron,
"porque estamos recién casados y no queremos dejar a nuestras
familias". Me convencieron y vendimos. Eso de decir si son más
inteligentes que uno, es difícil, pues los hijos son lo que son y su crianza
respecto a la mía ha sido diferente. Yo viví muchos problemas de necesidad en
mi casa; quizás si ellos hubiesen pasado un poco de hambre… Pero he intentado
que viajasen y estudiasen y tienen otra base. Trabajan más cómodamente, no como
yo, que no he sabido más que trabajar. Siempre he ayudado en los banquetes y
cargaba y descargaba camiones. Por eso llevo tres operaciones de columna; mi
espalda no está malograda por el peso de la fortuna ni por las herencias.
Con la venta de los negocios
americanos José Luis recuperó una bodega en Valladolid, Bodegas Antaño; instaló
el riego por goteo y ahora vale más de 30 millones de euros. Además, se ha
convertido en un foco cultural para la zona. Allí tiene sus colecciones de
pintura, libros, cristal, fotos o carteles de toreros.
P. ¿Por qué inauguró don Juan el riego
por goteo en su bodega?
R. Porque era la persona que más cerca tenía. Don
Juan iba mucho a cenar a José Luis de Rafael Salgado. Vivía en la casa del
conde de los Gaitanes en La Moraleja y yo, cuando era rico, era vecino del
conde, así que también era vecino del conde de Barcelona.
Los recibos de la tarjeta de
crédito, en los que sólo figura "S.A.R. Don Juan de Borbón", sin
dirección, jamás los pasaron a cobrar. Reposan colgados en las paredes del
despacho de José Luis, y todos indican una cantidad parecida, 4.000 o 4.500
pesetas de finales de los años 80.
P. ¿Don Juan siempre comía lo mismo?
R. Era comedido, tenía buen apetito y le gustaban
los platos tradicionales. A veces le acompañaba su mujer y siempre venía con
amigos.
P. ¿Tuvo alguna consideración especial
cuando estuvo inaugurando su bodega?
R. Me acuerdo que le gustaba el dry martini y me
traje desde Madrid el vaso batidor y la ginebra Beefeter, que es la que él
tomaba. Le dije antes de comer: "Señor, no tome el vino, yo no quiero quitarle
las buenas costumbres que usted tiene y tome este dry martini"; y se puso
tan contento. Después del primero, le di otro y todo lo hacía con esa dignidad
de rey que siempre tuvo.
P. ¿De qué hablaba con el conde de
Barcelona?
R. Era un hombre muy ameno. Hablábamos de comida y
de bebida; de mujeres no me atrevía porque estaba la mía delante. Don Juan
venía muy a gusto a mi restaurante. Yo era muy descarado y le preparaba sus
martinis. Sin preguntarle, se los ponía delante. Él tenía una razón para tomarlos
y es que cuando estaba en la Marina inglesa visitó La India y allí había
malaria: para evitarla, lo que tomaban era la ginebra con la quinina de la
tónica, de ahí le quedó la costumbre de tomar esta bebida.
P. ¿Y con el Rey?
R. Siempre me dice: "Siéntate aquí, ¿qué
quieres tomar?", y me pregunta por mi familia, por los negocios…
P. ¿No le hace sentir violento?
R. No, porque ya estoy acostumbrado y como le veo
que se fuma un puro con sus comensales, pues le digo: "Yo como les veo
dando una sensación de buen balance de la comida, por no desentonar, si me
permite, me fumo un puro con ustedes". Le conozco de cuando era príncipe.
Le he servido muchos almuerzos los domingos en las cacerías de perdices que
organizaba en la finca de Las Jarillas (Madrid), donde él estudiaba.
P. A Franco también le alimentaba en
las cacerías…
R. Me acuerdo que a Franco le hacían pasar hambre en
casa para que viviese muchos años. Tenía al doctor Gil, que iba a las
monterías, y siempre me preguntaba por el menú de Franco. Yo le decía una cosa
y luego le daba otra, y el general se ponía tan contento.
P. Usted tiene fotos de Franco
sonriendo, algo inédito. ¿Cómo lo consiguió?
R. Son fotos muy difíciles porque él no se reía ni
para heredar y podía haberme mandado a fusilar. Yo quería una foto con Franco y
me puse de acuerdo con un fotógrafo. Al final de un almuerzo le di la mano al
general, que la tenía como muerta, él te daba la manita y te la quitaba
enseguida, pero yo se la agarraba fuerte para que no la quitase [en este momento
José Luis se levanta de la silla y simula la acción. Yo tengo que hacer de
Franco], con el rabillo del ojo veía que el fotógrafo no disparaba y yo
continuaba diciéndole cosas y él que quería quitar la mano y así hasta que
Franco se dio cuenta de lo que pretendía, y tengo unas fotos con él sonriendo.
P. Usted trata a todos los bandos y
mantiene una buena imagen. ¿Cuál es la receta del guiso político?
R. A mi edad me resbalan las ideas. Doy de comer a
los políticos de hoy y a los de ayer. Soy un prestador de servicios, no tengo
una ideología definida. Lo he aprendido gracias al fútbol. Cuando me preguntan
digo: "De nacimiento soy del Bilbao, de agradecimientos soy del Madrid y
luego soy de todos los demás, porque cada vez que gana el Madrid yo vendo en
Rafael Salgado [local que tiene frente al Bernabéu] entre 2.000 y 3.000 euros
más; y si pierden, la gente se va enfadada y no consume. Entonces, ¿de dónde
voy a ser?". Claro, que no voy al palco del Madrid porque no me invitan,
pero por mi edad prefiero verlo en mi casa con un bocadillo de sardinas que me
prepara mi mujer y un vaso de vino.
P. ¿Tanto esfuerzo le habrá permitido
tener un momento de riqueza?
R. En la época en la que me emborraché de riqueza me
fui a vivir donde todos los ricos y estuvo muy bien. Se vive muy a gusto, y mis
nietos me dicen ahora: "Qué pena abuelo que ahora que estamos nosotros
viviendo allí te has marchado tú, con lo bien que lo pasábamos". Los niños
son sangrientos con esa sinceridad y yo no les digo que estamos pobres. La
verdad es que no vendimos la casa; se la tengo alquilada a un diplomático, al
que también le vendo las monterías que hacemos.
P. Pasó de la riqueza a la modestia
otra vez.
R. Mis cinco hijos se criaron en la casa de La
Moraleja, pero se fueron, excepto uno. La casa era muy grande y en ese momento
vino el diplomático, así que vimos la luz. Pasé de 2.100 metros de vivienda a
los 100 metros en los que vivo ahora. Gracias a ese alquiler, que es muy bueno,
vivimos y yo estoy encantado, porque debajo tengo uno de mis restaurantes,
donde hago la partida y quedo con mis compromisos. Mi casa es para descansar.
Le gusta ganar pero no llamar la
atención en exceso y no parecer más que nadie, hasta tal punto de que cuando se
compró su último Mercedes, estuvo un tiempo preocupado porque ese coche podía
ser mejor que el de alguno de sus clientes y no quería ofenderles.
Su receta del éxito ha sido el
trabajo, por eso no se jubilará nunca. Ahora tiene unas obligaciones sociales
que le han llevado en alguna ocasión a cenar dos veces, porque él quisiera
tener el don de la ubicuidad y no quedar mal con nadie. Su lema es la mesura:
"Tienes que ser de todo, pero medido, porque si no eres ni generoso ni
egoísta ni nada, pues vas mal; hay que ser, como siempre me decía mi amá, de
todo, pero medido. Es un error creerse más listo que el hambre. Yo soy corregible hasta en
el morir".
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